Como arquitectos  nos ha costado adaptarnos al nuevo lenguaje de los promotores-financieros en el cual un edificio de oficinas es un activo financiero no monetario y como tal hay que gestionarlo para conseguir  el mayor nivel de liquidez que nos permita el proceso del nuevo diseño o de su rehabilitación. En este proceso el arquitecto debe ser de  gran ayuda al inversor para conseguir los objetivos empresariales, que, con independencia del aspecto invariable de la localización,  se han basado históricamente en la calidad arquitectónica y constructiva, en la calidad objetiva respaldada por las certificaciones ( LEED, BREAM, etc.) y en la calidad llamémosla “ urbanística “ de tener todos los papeles administrativos en regla.

Pero tal vez el factor en el que se puede actuar y que influirá más en la liquidez de los activos es la flexibilidad. La flexibilidad era una palabra que siempre estaba en la fase inicial de los proyectos pero no había adquirido la categoría de “driver” y en consecuencia su revalorización en todas sus derivadas.

Flexibilidad de espacios ante una demanda variable en el tiempo e imprevisible de diagnosticar basada en las nuevas y futuras formas de trabajar ( hábitos tecnológicos ), ante los conceptos integrados de productividad+wellbeing, el coworking o incluso ante los nuevos, lo último que he leído en tendencias, “business nomads“ ( grupos con afinidades empresariales y en hábitos sociales que con independencia de donde y para quien trabajan se rodean de conceptos tribales en los espacios demandados). Es un hecho sobradamente contrastado que el puesto de trabajo individual no es ni va a ser el centro de productividad de cada empleado y que en el futuro se buscará la desburocratización informática, el fomento del talento individual y la eficiencia de la sinergia de grupos para conseguir mucho más rápidos los objetivos empresariales. Esto solo va a ser posible con espacios cada vez más efímeros y cambiantes, es decir, fit-outs lo más económicos posibles y escenificados para cada una de las partes o grupos de la empresa en función de su negocio inmediato que a su vez está cambiando frenéticamente.

Flexibilidad como adaptabilidad de los edificios para cambios sustanciales que permitan cambios parciales o totales de uso,  para  que cambios internos de la actividad se puedan formalizar en los espacios de diferentes maneras y para conseguir el mayor número de zonas multiusos. Esto permitirá diversidad de inquilinos e inquilinos que puedan crecer o decrecer a demanda: modularización. Esta flexibilidad tiene que también dar cabida a los nuevos conceptos y palabras que están apareciendo  y aparecerán como “approachability in workplace” o “homely office spaces“.

Flexibilidad para adaptarse a los cambios tecnológicos y de control de la información, y en concreto la renovación de las instalaciones sin efectos disruptivos, es decir planteándolas como si fueran muebles que se pueden sustituir con facilidad lo que conlleve costes operacionales y de reposición bajos. Esta flexibilidad también deberá permitir personalizar el edificio incluso su imagen exterior para que sea un referente en la ciudad  y más aún flexibilidad para su fácil demolición y hacer borrón y cuenta nueva. Sabemos que una de las principales razones para la demolición de un edificio es su obsolescencia por falta de flexibilidad y visión a largo plazo de su diseño.

En definitiva, el arquitecto debe estar al día en las tendencias internacionales como única opción para que, trabajando con el promotor y demás participes en el proyecto, pueda dar un valor añadido adecuado a los edificios de oficinas para conseguir los objeticos del cliente, sin olvidar la búsqueda de un buen nivel de confortabilidad para sus usuarios en todo momento.

Iñigo Ortiz Díez de Tortosa
Ortiz y León Arquitectos

INIGO-[2014347]